
Todas las Libres
Una historia personal de los primeros años de la librería La Libre de Buenos Aires en su cumpleaños número 16.
Y en el origen estuvo la FLIA. La Feria del Libro Independiente y 'A' (nunca estuvo del todo definido qué significaba esa última A). Se trata de un movimiento contracultural que a partir de 2006 empezó a unir, como gotas de mercurio, a decenas y después cientos de proyectos emergentes que giraban en torno al mundo de la edición independiente. No es éste el lugar para contar la historia de las FLIAs, porque hubo y hay muchas y en muchos lugares, pero sí para dejar dicho que fue a partir de ellas que se reconfiguraron mapas y maneras de encarar las cosas en el quehacer editorial. Mil cosas salieron de las FLIAs, y una de ellas fue La Libre.
También, de una manera más íntima, en el origen estuvo el Pacha. Centro Cultural Pachamama, antro de antros poéticos, en cuya barra solía acodarse lo más inquieto de la bohemia de mi generación, nacidos entre fines de los setenta y comienzos de los ochenta. Los cuatro integrantes iniciales de la Libre nos conocimos participando tanto de la FLIA como del Pacha. Sin esos proyectos la Libre no hubiese existido.
Luli A Secas, Simón Ingouville, Fernanda Catullo y quien esto escribe, fuimos esos cuatro miembros originales. Con Fernanda teníamos el proyecto de abrir una librería, pero no teníamos los fondos suficientes, los cuales provenían principalmente de un crédito que le daban a mi padre en el banco y un poco de nuestros ahorros, nuestra biblioteca y algunas cosas que teníamos en casa, como la computadora que después usamos durante años en la librería. Todo eso, como dije, no era suficiente por más vueltas que le diéramos a los números y las posibilidades. Íbamos y veníamos viendo locales que nos quedaban grandes y nos desalentaban. Hasta que un día Fernanda dijo: 'Ya sé, nos tenemos que asociar con Luli y Simón'. Y así fue, nos asociamos con ellos porque tenían la distribuidora de libros independientes Cinco Pantalones, que operaba en el Pacha y necesitaba con cierta urgencia un lugar más propio y más prolijo. Pasaron tan solo algunos días desde que empezamos a hablar con ellos para tratar el tema, cuando Fernanda vino y dijo: 'Ya tengo el local.' Y así fue. El 646 de la calle Bolívar, un local hermoso en una cuadra horrible, se ofrecía a un precio conveniente. Era una oportunidad para aprovechar y la aprovechamos.
Franco era un asiduo del Pacha que solía atrincherarse en la barra para atacar al grito de 'eso no es poesía' a muchos de los poetas que recitaban. Simón le contó a Franco sobre el proyecto de abrir una librería y le comentó uno de los nombres que estábamos barajando. Franco lo cortó en seco y sentenció: 'Una librería solamente se puede llamar La Libre'. Franco ya no está, pero llegó a conocer y a dar su visto bueno para la librería que bautizó.
Alguien lee, quién será, en el primer piso de Bolívar 646.Y un día, entonces, estábamos ahí. En un local de dos pisos y con una bella terraza. Si el proyecto salió adelante fue porque desde el inicio, más allá de nosotros cuatro, fue un proyecto colectivo. El día que entramos al local por primera vez había más de treinta personas ayudando, todos de la FLIA. Recuerdo a Héctor Santos Goñi, alias Coqui, alias Rey Larva, con el torso sudado moviendo cajas de libros por la escalera. Podría llenar cientos de líneas con los nombres de las personas que a lo largo de los años ayudaron a la Libre de manera desinteresada. Por más cambios que haya habido con el paso del tiempo, esa corriente de afecto y colaboración nunca dejó de estar.
Pero más allá de la ayuda de los amigos hubo algunas cosas que estuvieron bien plantadas. La idea de una librería independiente o alternativa, con una distribuidora de libros del mismo tenor y un espacio cultural también análogo, más allá de los tres o cuatro millones de errores que cometimos, resultó ser una buena fórmula. Las actividades, que suelen ser gratuitas, llevan a la gente y la gente compra libros. Eso funciona. La Libre se consolidó como una librería de mil nichos, muchos de los cuales no son lo suficientemente populares como para tener presencia en cientos de librerías, pero que sí son redituables para unas pocas. Libros de género cuando el feminismo era minoritario, de permacultura, de escritores independientes, de poesía, editoriales cartoneras y un largo etcétera que se va renovando. Como ocurrió con el feminismo, siempre está la posibilidad de que alguno de esos nichos crezca e incluso se convierta en masivo, pero aun cuando no lo es, resulta provechoso tenerlo.
Al principio, sin embargo, nuestra carencia de libros era notable. Cuando abrimos los estantes estaban casi vacíos. Fue el trabajo con libros usados lo que nos permitió llenar huecos durante los primeros años. Ese doble juego nos enriqueció de manera considerable. Los libros nuevos conectan con el presente de la industria editorial pero los usados abren las puertas del pasado. Tendencias y modas de épocas anteriores, temas y jergas olvidadas, autores que vale la pena recuperar, bibliotecas que son restos de una vida, historias inscritas en las dedicatorias, en tickets de avión, incluso en cartas que se encuentran entre las páginas, es un caudal de mundos el que se mueve cuando se mueven libros viejos. Además de ampliar la perspectiva, los usados también aportan una alta dosis de extrañeza. Recuerdo que teníamos, por ejemplo, una versión en tapa dura de Winnie The Pooh, traducida al latín, si uno se restringe a los libros nuevos nunca llega a ese tipo de cosas.
Al cabo de un tiempo Fernanda y Luli se separaron del proyecto y se inició la etapa más caótica posible de esta historia, a cargo de Simón Ingouville y un servidor. De esa época las anécdotas son legión, me las guardo para charlas en privado con amigos. Cometimos en esos años algunos errores graves, otros gravísimos y otros tan graves que uno ya no sabría cómo calificarlos. Pero siempre tuvimos la hidalguía de ponerle cuerpo a la situación y tratar de llevarla al mejor puerto posible. Hicimos de la Libre nuestra forma de vida, pasar doce, catorce o cuarenta y ocho horas ahí adentro era algo habitual. Vivíamos pidiendo disculpas y organizando eventos. A veces había tres o cuatro en un mismo día. Estos se superponían y mandábamos uno a la terraza, otro al primer piso, otro al entrepiso y otro a la cocina, que era el lugar donde atendíamos al público. De esa época me quedan, además de las anécdotas, algunos buenos amigos y un par de cicatrices fiscales, pero sobre todo la felicidad de haberla vivido. Ese caos, por otra parte, y por más insostenible que fuera en el largo plazo, sirvió para hacer que la Libre se hiciera rápidamente conocida, a veces con merecida mala fama, pero que siempre es mejor que ninguna fama.
Arriba afiche del primer Encuentro de Cultura Alternativa, abajo charla con el colectivo Juguetes Perdidos y Agustín Valle en Bolívar 646. De rojo Moni Torres.El barrio también aportó lo suyo. Si bien aquél primer local estaba ubicado estrictamente en Monserrat, en el sentido espiritual, La Libre siempre fue santelmitana. Y de hecho el local actual está a cien metros del mercado de San Telmo. Pero más allá de precisiones geográficas, el barrio, que a la vez es turístico, lumpen y bohemio, formó siempre parte de la identidad del proyecto y contribuyó a que sus redes se fortalecieran. Menciono algunos ejemplos: Gito Minore, poeta, activista cultural y estudioso del heavy metal, vivía enfrente de La Libre, y se convirtió en un colaborador inmediato durante toda la primera época. En la cuadra de al lado vivía Ezequiel Alemián, poeta y comprador de libros raros, que siempre se paseaba con alguien por la librería. A la vuelta vivía Edgardo Ruso, que nos tocó el timbre para ofrecernos los libros de su editorial El Cuenco de Plata, cuando todavía no teníamos cuenta con casi ninguna editorial. A la otra vuelta vivía, y todavía vive, Francisco Nemiña, físico y bailarín de blues (sí, el blues se baila), quien junto con Brenda Berstein y la editora transisionada a bailarina de swing Celeste Plaza, se encargaron durante un buen tiempo de convertir el primer piso en una sala de baile. A tan solo dos cuadras vivía Carlos Muller, alma mater de Cineclub Dynamo, con quien organizamos más de cien funciones de películas en 16 mm, con mucho Fassbinder y Herzog, Murnau con música en vivo, Marguerite Duras, Fellini, Einsestein, Bergman y demás. Natalia Menstrual, primera escritora trans del país y autóctona de San Telmo, fue colaboradora inestimable tanto de aquella como de todas las épocas de la Libre. Raúl Lemesoff y su Arma de Instrucción Masiva residían por esa época en el Padelai, a metros del corazón de San Telmo, y La Libre se convirtió en una parte de su rutina. El poeta cocinero Roberto Poroto Riera, no hay bar santelmitano que no lo conozca, hasta llegó a residir en Libre. Y así podría seguir indefinidamente.
A su vez, otras personas que tal vez no eran del barrio pero que conocían a la Libre, fueron acercándose. Recuerdo los sábados de teatro que organizaban Ema Yorio, Gustavo Moscona y Sol Heffese, los encuentros de microficción de Fabián Vique, los de narrativa de Gilda Manso, las noches surrealistas de Nadia Cantó (que reventaban la noche), las cenas artísticas de Siete Revueltas a cargo de Sebastián Kohan Esquenazi, los almuerzos narrativos de Germán Amato y Jorgelina Manadrina, las clases de yoga con Chica Pájaro, los eventos y personas que acercaba Victoria Montanaro y las decenas de muestras de grabado, tanto propias como ajenas, que organizó Juan Sebastián Carnero. Menciono solamente algunas de las personas que recuerdo, la lista completa sería inmensa y yo mismo la desconozco.
San Telmo también aportó la facilidad de acceso, cualquier persona que visite Buenos Aires va a pasar por allí y quien quiera residir por un tiempo en la ciudad es muy posible que quiera alojarse en el barrio. Esto habilitó desde el comienzo la circulación de gente de otras latitudes, ya sea del interior o del exterior. Clientes, colegas y afectos de distintas procedencias siempre merodearon. El castellano que sonaba, y suena, en La Libre nunca fue completamente porteño. En la primera época se afrancesaba gracias a Jeremy Rubinstein, Anita Tchikita o Élise Frixtalon (gran lectora), o se hacía más saltarín con la tonada transandina de Gonzalo León, entre tantos otros chilenos. Malu y Juanfer lo suavizaron con su tono colombiano. 'Negros culiaos' de Córdoba nunca faltaron, como así tampoco voceos paisas, bos uruguayos u 'ostias' ibéricas. Jenny (qué fue de vos) lo hacía más rígido con su clases de alemán. Siempre que pudimos aprovechamos y estimulamos la colaboración con proyectos de otros países y ciudades. Luli inauguró esa tradición con una gestión que realizó en la Feria del Libro para tener libros de editoriales bolivianas. Gracias a eso, durante años debemos haber sido una de las pocas, o tal vez la única, librería de Buenos Aires, en la que podían encontrarse novelas como Illimani Púrpura o Cuando Sara Chura despierte de Juan Pablo Piñeiro. Recuerdo también el cruce de autoras chilenas y argentinas que habían organizado las hermanas Apablaza, (fue la primera vez que escuché el nombre de Mariana Enríquez, que era una de las expositoras), también de Chile tuvimos las visitas de Camila Mardones y Oscar Saavedra, y de Colombia la de Cartongrafías, la editorial cartonera de Medellín que trabajaba con víctimas del conflicto armado. Más adelante, Cristian de Nápoli aportaría un poco de cultura brasileña y después la Libre, ya conformada como cooperativa, tendría un presidente charrúa, compañeras colombianas y esporádicos pasantes de Estados Unidos. Además de la sucursal (o secuaz) en Córdoba, la Libre Cavazcate, a cargo de Tino Quer.
Arriba Naty Menstrual invoca a José Sbarra, abajo el elenco del Banquete de Platón, ambos en el primer piso de Bolívar 646.Otro elemento que contribuyó a que corriera la bola de nuestra existencia, y que nos ayudó a llenar estantes, fue el remanente de libros de poesía de José Luis Mangieri, el legendario editor que había fallecido poco tiempo antes, dejando miles de libros en un depósito. Con esos libros, junto al catálogo de Cinco Pantalones, una compra que le hicimos a Losada y un aporte de nuestras bibliotecas, abrimos la Libre. Muchas son las manos que quieren escribir versos inmortales, pocas las que están dispuestas a mover cientos de cajas de quince o veinte kilos para que esos versos circulen. Las manos de Simón estaban entre esas pocas. Él se encargó de catalogar y desplegar todos esos títulos en el primer piso del local. Además rastreó a todos los autores, lo cual nos permitió tener contacto con poetas de otras generaciones, que no conocíamos ni nos conocían. Miles de libros que podían haber muerto en un depósito, comidos por la humedad, volvieron a circular, vendidos, regalados, devueltos a sus autores, canjeados, etc.
¿Cómo era un día de aquella Libre? Fue hace quince años, o menos, pero ya era otra época. Las radicalizaciones políticas todavía no habían eclosionado y las subjetividades no se habían fruncido aún. Por lo general abríamos al mediodía. Yo hacía trabajo administrativo y después venía el almuerzo. Al rato solían empezar a pasar los corredores. Con el tiempo los corredores de las editoriales y distribuidoras fueron desapareciendo, lo cual es una pérdida para el mundo editorial. Porque los corredores, que a veces son los propios editores, mantienen el vínculo con los libreros. Y los buenos editores saben tantear a los libreros. Ana Ojeda escaneaba las mesas de novedades, Russo pasaba todos los días a charlar y chismorrear. Fernando Orsi, que en ese entonces era corredor en Galerna y después pasó a Coma Cuatro, solía pasar para compartir un café. Nos contaba sus viajes por el África subsahariana y hablábamos de libros. Recuerdo que rastreamos la serie completa de novelas de Scorza y una vez incluso fantaseamos con hacer un podcast o algo así sobre los cuentos de Carver. Recuerdo también que en esa época yo andaba embelesado con Pynchon y le leía a todo el mundo los pasajes del Arcoiris de Gravedad dedicados al alma de los argentinos, a Borges, y el director de cine nazi que quería hacer una versión porno del Martín Fierro. Martin Marchione, que terminó siendo parte de la Libre, también solía pasar, no recuerdo que tomara café pero siempre se las ingeniaba para venderme en firme algún ejemplar del Qué hacer de Lenin. Ese era también el momento en el que pasaban los habitués. Roberto Luis Gutiérrez Calderón no pasaba porque siempre estaba, es el hombre que más películas vio en el mundo. Mon Sendra sí pasaba, y se quedaba largo rato.'El problema de la Libre' dijo una vez 'es que no tiene personajes secundarios'. Y esa fue la mejor definición que se pudo hacer de la Libre de aquella época. A veces, a esa hora, La Libre se empezaba a llenar de mujeres embarazadas o con bebés muy pequeños e inmediatamente nos dábamos cuenta de que estaba por llegar Valeria Wolsey, que organizaba los encuentros de la Liga de la Leche, el grupo de apoyo a la lactancia materna. Valeria nos traía los libros de crianza de Carlos Gonzalez y pedía que le consiguiéramos libros de Martin Buber, cosa que hicimos. Con el paso de las horas el café se convertía en mate y después en cerveza. Yo intercalaba trabajo administrativo y atención a clientes que a veces pasaban del otro lado del mostrador. Al atardecer amanecían los habitués más etílicos y el caudal de clientes crecía. No era extraño que alguien viniera a tener una reunión para organizar algo y que la reunión se fundiera con la charla. Para rematar podía aparecer Pablo Ciancone, alias el Petiso Cantor, para ponerse a cantar unos tangos, sin necesidad de que nadie se lo pidiera, por cierto. Después, cuando ya era de noche, llegaba la gente del evento, que podía ser un show de Galundia Moera, una muestra de afiches soviéticos, un recital de pintura de Lula Mari o un monólogo de Estanía Revas. El local se llenaba de gente. Y la jornada podía terminar al día siguiente.
Feria del libro artesanal en el local de Bolívar 646Algo que aprendí estando en la Libre es que el mundo de la cultura, por darle algún nombre, es un inmenso delta de islas que en muchos casos se desconocen y que también en ocasiones se repelen entre sí. Una parte del oficio, no solamente del librero, sino ya del espacio cultural, es maniobrar para que los egos afines se conozcan y logren colaborar más de lo que compiten. No siempre se logra, pero nunca hay que dejar de intentarlo. Uno conecta puntos, presenta a fulano con mengano, o propicia la excusa para que sus trayectorias se crucen. Si ese cruce termina en encuentro, colisión o una mezcla de ambos, nunca se sabe de antemano.
A veces los puntos a conectar se acercan solos y a veces hay que ir buscarlos. Eso hacíamos, por ejemplo, cuando organizábamos nosotros los eventos, como los Encuentros de Cultura Alternativa, en los que colaboraban Sol Heffesse y mi hermano Diego Semino, el Festival de Teatro de Bolsillo o la Feria del Libro Artesanal, que nos permitió trabajar con Ato Menegazzo, Eric Schierloh o Lucas Funes Olivera. Pero principalmente eso hacía Simón con la distribuidora. Gracias a ella viajó por todo el país llevando libros independientes, en giras alocadas que, estoy bastante seguro, nunca fueron económicamente redituables pero que sirvieron para conectar miles de puntos. Esto sirvió también para darnos cuenta de que no estábamos solos. Viajando Simón conoció a Damián Cabeza en Uruguay, que terminaría teniendo un rol protagónico como librero en La Libre o a Tino Quer, que terminó abriendo su propia Libre en Córdoba. Y así se podrían encontrar múltiples ejemplos.
Como ocurre con las constelaciones, unir puntos es una forma de crear sentido, y eso es lo que hicimos siempre, no apuntamos a ser curadores sino conectores culturales. Ese sería el rol de la Libre, al menos en esa época: propiciar el encuentro, abrir el juego, trabajar el suelo para que el trigo crezca y que después otros se encarguen de separar la paja.
Con lo dicho hasta aquí alcanza para dar una idea de cómo vino la mano durante esos primeros cinco o seis años. Es tan solo el primer tercio de la historia. Se abrió después una nueva etapa cuando el proyecto se colectivizó y comenzó a ordenarse. Mi protagonismo en esas etapas fue menguando paulatinamente. Al principio me tocó trabajar bastante organizando actividades con la editorial Hekht, cuyas editoras también formaron parte de La Libre. En la librería pasé a un segundo plano dejando el mando en manos de Cristian De Napoli, quien realizó un trabajo extraordinario reestructurando la librería. Un trabajo similar hizo Matías Palumbo con la distribuidora. Ambas estructuras fueron saneadas y repotenciadas gracias a ellos. Después Cristian comenzó un nuevo espacio con Otras Orillas y Palumbo pasó a El Cuenco de Plata como jefe de ventas. Ya mencioné a Tino y Damián Cabeza, por lo cual queda last but not least Manuela Cucchetti, con quien me tocó trabajar en varios rubros, de los cuales destaco el más difícil: la burocracia. Gracias a su perseverancia pudimos, tras dos años de trámites, comenzar a funcionar como cooperativa.
Después de eso me retiré de la participación activa, a partir de 2020 dejé de trabajar en la librería. Y si bien actualmente colaboro de manera remota desarrollando el sitio web de La Libre editora, mi participación es externa al día a día. Ya ni siquiera estoy viviendo en Argentina.
Hubo y hay, entonces, muchas Libres. No solamente porque la librería cambió de local en dos oportunidades, sino también porque con el paso de los años, la entrada de nuevas personas y los cambios que fueron dándose en el entorno general, la identidad del proyecto fue sumando capas de sentido. Si hacemos un repaso vemos que durante los primeros años todo el mundo asociaba el espacio con la FLIA, pero cuando la FLIA fue desapareciendo La Libre siguió andando. Después, inevitablemente, todo el mundo asociaba la Libre con el primer local, en el cual estuvimos siete años, y todas las cosas que ocurrían allí. Hasta que nos mudamos y La Libre siguió andando. El segundo local, en Bolívar 438, a su vez, estuvo mucho más vinculado con el auge del movimiento feminista, al punto tal que Judith Butler se acercó para regalar libros y agradecer por el trabajo realizado. Pero después hubo otra mudanza, a Chacabuco 917, en 2020, el año de la pandemia. Y una nueva Libre surgió de allí.
Arriba imágenes de la vidriera, abajo una obra de teatro en el sótano del segundo local, en Bolívar 438.No hay que creer que todos esos cambios ocurrieron en una panacea de felicidad. Sé que hay heridas abiertas y otras que cicatrizaron, hay reconciliaciones posibles y otras que posiblemente nunca ocurran. Creo que sería un error, sin embargo, rehusarse a contar la historia por evitar esas cuestiones. Espacios como la Libre o el Pacha, eventos como la FLIA o los Slams de poesía formaron una parte muy activa de la cultura de la ciudad e incluso del país durante las primeras décadas de este siglo. Con lo bueno y con lo malo, con las arbitrariedades y las limitaciones de perspectiva, lo más sano es que las historias circulen.
En ese sentido, también hay que señalar que queda sin cubrir todo lo ocurrido a partir de 2020. La tarea queda pendiente para quienes siguieron en el proyecto y quienes se incorporaron después. Además de los ya mencionados están Anshi Morán, Adriana Mendoza, Brenchx (que hizo un trabajo increíble con los libros usados) Camila Delía y seguramente otros más que me olvido, o que no llegué a conocer. Para todas, todos y todes queda abierta la invitación a que tomen la pluma y cuenten, si quieren, la historia que les tocó vivir. Y esa invitación es extensiva a quienes estuvieron antes y a quienes vayan a estar después, ya sea en las Libres de Buenos Aires o la de Córdoba, o en cualquier otra que pueda existir mañana. A quien quiera recordar, celebrar, o disentir, a unas y a otros, se las dejo picando.
Arriba La Libre actual, en Chacabuco 917 cuando la estábamos pintnado y después. Abajo feria en la calle. Tenía veintiocho años cuando abrimos la puerta, tengo cuarenta y cuatro a la hora de escribir estas líneas. Ya no pienso, siento ni leo de las mismas maneras en que lo hacía en aquél entonces. Y esto en gran medida se debe a la experiencia que significaron esos años. En parte al menos, puedo decir que La Libre fue mi universidad desconocida. Es posible que continúe colaborando con el proyecto de manera remota pero nunca más voy a tener el protagonismo que alguna vez tuve. Mi propio camino me lleva por otro lado, y me corresponde seguirlo. Esto no es algo que me ocurra solamente a mí. Le ocurrió a otros antes y seguirá ocurriendo después. La Libre es también un cruce de caminos que se extiende en el tiempo. Con el paso de los años se hace difícil encontrar puntos en común entre todos los que fuimos y vinimos. La diversidad, en este caso, no es un mero slogan. Creo sin embargo que todos los que alguna vez participamos y los que en algún momento participarán podremos coincidir siempre en el deseo de que la Libre siga adelante, que siga recibiendo libros y conectando personas. Espero que ninguna diferencia, rivalidad ni distancia pueda cambiar eso. Hay allí el rastro de una intensidad compartida, un fuego que merece ser preservado de todas las lluvias caídas y por caer.
Volvamos, entonces, para terminar, a ese fueguito originario. Antes de inaugurar el primer local, habíamos expuesto algunos libros en la vidriera, como para anunciar que estábamos por abrir una librería. Un día estábamos reunidos en el primer piso discutiendo cuestiones del negocio cuando nos tocaron el timbre. Cuando bajé había un tipo de treinta y pico de años, vagamente roquero en mi recuerdo. Me señaló un libro en la vidriera. Estaba contentísimo de haberlo encontrado, tanto como para tocar el timbre en un local que tenía la luz apagada y la puerta cerrada con llave. El libro era Rock de Acá de Ezequiel Avalos. Fue el primer libro que vendimos, y fue antes de abrir la puerta. Yo estaba tan contento que le di de regalo un libro mío de poesía.
Unos años después le conté a Ezequiel la anécdota, pero él ya la conocía. Porque una vez se le había acercado un lector con un ejemplar de Rock de Acá. Después de atosigarlo a preguntas sobre el libro, le contó que lo había conseguido en una librería que estaba cerrada. Y que el flaco que le había vendido el libro también le regaló un libro de poesía que había escrito él mismo. Y que el libro estaba buenísimo. Nunca volví a ver a ese primer cliente. Pero donde sea que esté, le mando un abrazo, su entusiasmo fue nuestra primera chispa.
Una cosita más:
